EL VALOR DE LA PROTESTA SOCIAL

A propósito de las marchas estudiantiles de los últimos meses, satanizadas por algunos medios de comunicación, infiltradas por la fuerza pública y menospreciadas por la mayoría de colombianos, que aunque sus derechos le sean negados, han sabido adaptarse y atemperar los sentimientos de indignación. Es preciso recordar la reflexión a la que invita William Ospina cuando se pregunta ¿Dónde está la franja amarilla? Inquiriendo acerca de la actitud pasiva que los colombianos han tenido para reclamar sus derechos. Señala lo incomprensible que resulta que una sociedad como la colombiana, donde el Estado no cumple sus más elementales deberes, sea tan incapaz de expresarse, de exigir, de imponer cambios, de colaborar siquiera con su presión o con su cólera a las transformaciones que todos necesitamos.  Y provoca con la pregunta: ¿Qué es lo que hace que Colombia sea un país capaz de soportar toda infamia, incapaz de reaccionar y de hacer sentir su presencia, su grandeza?  Aventurando una respuesta: “lo que vivimos es el desencadenamiento de numerosos problemas represados que nuestra sociedad nunca afrontó con valentía y con sensatez; y la historia no permite que las injusticias desaparezcan por el hecho de que no las resolvamos”.  Continua, “Cuando una sociedad no es capaz de realizar a tiempo las reformas que el orden social le exige para su continuidad, la historia las resuelve a su manera, a veces con altísimos costos para todos”.

De manera que, en el momento en que la ciudadanía es capaz de superar tal indiferencia para organizarse y salir a las calles a reclamar lo que consideran justo, es un acto político que debe valorarse, después de todo, el reconocimiento de los derechos sociales en Colombia no ha sido una historia escrita pacíficamente desde los escritorios de los gobernantes, sino el resultado de la movilización de la ciudadanía.

Entiéndase bien: las marchas sociales han sido un instrumento de lucha política, utilizada para la defensa de intereses tanto de ideologías de izquierda como de derecha. Después de lo que la historia nos ha enseñado, pensar a estas alturas que una marcha no es política, es caer en la ingenuidad. Justamente, en esa relación de poder, el ejercicio de la política de quien no gobierna consiste en presionar decisiones afines a sus intereses y del lado del gobierno, exige una capacidad de lidiar con esa presión sin dejarse derrocar.  Ahora que los estudiantes, con la fuerza impetuosa de su juventud, se han tomado las calles para defender el derecho a tener una educación pública, han sido descalificados bajo el estigma de “izquierdosos”, entendido como sinónimo de “terroristas”. Sin duda, en momentos en que el liderazgo de Iván Duque es puesto a prueba, la satanización de la protesta social es un argumento que resulta simplista y una salida facilista para quienes no están en capacidad de imponer su verdad por medios diferentes a la fuerza.

La historia ha mostrado el valor de la protesta social, y en esta ocasión el movimiento estudiantil, a pesar del hostigamiento que sufrió,  logró que el gobierno aumentara los rubros presupuestales para garantizar el funcionamiento de las universidades públicas por ahora. La lucha continua!

JOHN FREDY ARANGO

Politólogo y Abogado

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